Piel sensible, uno de los trastornos cutáneos de la nueva era

Publicado por Farmacia Torres Farmacia Torres
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La piel es la muralla que nos defiende del mundo que nos rodea, pero no es inalterable. Hay tipos de piel tan vulnerables a las agresiones externas que incluso reaccionan de forma excesiva ante circunstancias que una piel normal ni siquiera notaría.



Si hay una piel sensible por excelencia esa es la de los niños y los ancianos, aunque en cada grupo de edad por razones diferentes. La piel es la muralla que nos defiende del mundo que nos rodea, pero no es inalterable. Hay tipos de piel tan vulnerables a las agresiones externas que incluso reaccionan de forma excesiva ante circunstancias que una piel normal ni siquiera notaría. Las radiaciones ultravioletas que emanan del sol y que se cuelan por una capa de ozono cada vez más débil, los microorganismos que habitan en cada rincón, los compuestos químicos presentes en productos tan cotidianos como perfumes o maquillaje, una contaminación cada vez más acuciante, los cambios de temperatura, los estragos de un clima seco y frío, algunas plantas y tejidos irritantes como la lana, entre otros factores, pueden hacer que la piel se enrojezca, esté tirante, se descame o presente una sensación de picor, escozor, quemazón y/o calor. Aisladamente o en conjunto, estos síntomas pueden convertirse en un problema muy molesto para quien los sufre.

La mala alimentación, el estrés y el cansancio al que nos aboca el ritmo de vida actual, o el tabaco también pueden hacer mucho daño a la piel sensible. No en vano, la piel es nuestra primera línea de defensa y por tanto la primera en ser afectada.

Todos estos factores, muy presentes en la sociedad desarrollada actual, traen como consecuencia un fuerte incremento en el número de personas con piel sensible, un problema que, aunque no puede considerarse una verdadera enfermedad dermatológica, no pasa desapercibido debido a sus frecuentes y molestas reacciones que, aunque casi siempre son leves y pasajeras, condicionan el día a día. Mientras que en la década de los 80 tan sólo entre el 25 y el 33 por ciento de la población declaraba padecer este problema, diez años después el porcentaje aumentaba hasta el 50-70 por ciento. A día de hoy, siete de cada diez mujeres tienen la piel sensible y es uno de los principales motivos de consulta tanto en las consultas de dermatología como en las farmacias por lo que no puede considerarse un problema poco importante.

¿Quién tiene la piel sensible?

Si hay una piel sensible por excelencia esa es la de los niños y los ancianos, aunque en cada grupo de edad por razones diferentes: falta de madurez de las estructuras de la piel en la infancia, y atrofia natural que acompaña al envejecimiento en el caso de los mayores.

Las mujeres la sufren más que los hombres y las personas con piel seca también suelen ser más sensibles que el resto, una debilidad que se hace más patente cuando se reside en lugares con climas secos y durante la época de invierno. Quien padece determinadas enfermedades dermatológicas, como la rosácea, la dermatitis seborreica y otros eccemas, tiene que asumir que, además de padecer los inconvenientes propios de su trastorno cutáneo, ha de aprender a convivir con una piel más sensible. Pero que una persona tenga la piel sensible no significa que forzosamente vaya a ser alérgica. La hipersensibilidad y la alergia coinciden muchas veces pero no siempre van de la mano.

Cómo cuidarla

Con la interpretación de los datos que usted le aporte, los hallazgos de la exploración física y, en algunos casos, las pruebas cutáneas, el dermatólogo puede llegar a identificar la causa de la piel sensible e instaurar el tratamiento más conveniente. A veces basta con saber qué hay que evitar para ahorrarse la molesta cadena de reacciones típicas de la piel sensible y en otras ocasiones será necesario un tratamiento específico. Al margen de esto, siempre será necesario usar productos cosméticos especialmente diseñados para la piel sensible, los cuales son generalmente hipoalergénicos (apenas produce reacción alérgica o ésta es nula), no comedogénicos (no obstruyen los poros) y libres de fragancias.

Otro pilar del tratamiento es seguir una alimentación sana y equilibrada que se adapte a las necesidades especiales que requiere este tipo de piel y que se basa esencialmente en el consumo de aceite de oliva virgen, productos de origen vegetal, como frutas, hortalizas, verduras, frutos secos y semillas, bebidas como el té verde y la fibra de las carnes magras y el pescado azul. De igual forma, deben evitarse los alimentos ricos en grasas saturadas y azúcares, los picantes y muy condimentados, el café en exceso, el alcohol y el tabaco. Además es importante saber que los alimentos precocinados, los embutidos y los alimentos ricos en sodio o potenciadores de sabor suelen estar reñidos con la piel sensible pues con frecuencia ésta no tolera los aditivos químicos que contienen. Ponga en su mesa alimentos de origen vegetal ricos en fibra, grasas esenciales, minerales y agua.

La mejor grasa para la piel sensible es sin duda la que aportan los ácidos grasos esenciales, especialmente los omega 3 que contiene el pescado azul. Por su parte, los betacarotenos protegen de manera eficaz frente a las radiaciones ultravioleta, la vitamina C es un potente antioxidante y el zinc que contiene alimentos como la soja o los champiñones aporta firmeza, por lo que es recomendable incluir todos ellos en la dieta.

Consulte con su farmacéutico

El farmacéutico tiene un papel clave en el cuidado de todo tipo de piel. Las personas con piel sensible buscan en la farmacia consejo especializado sobre el tratamiento cosmético que han de seguir y el farmacéutico puede darles las soluciones dermocosméticas más adecuadas. No lo dude y pida consejo a su farmacéutico.

FUENTES: Asociación Española de Dermatología y Venereología y La Roche-Posay.

ALGUNOS CONSEJOS
1. Usar siempre productos adecuados que, además de respetar la piel, traten de forma específica la piel sensible.

2. No olvidar que una higiene adecuada es tan importante como el tratamiento. Use productos de higiene e hidratación que cuiden su piel, evitando los jabones alcalinos o los productos con alcohol.

3. Evitar el contacto con irritantes o ciertos tejidos como la lana.

4. Evitar el estrés y fomentar el equilibrio vital.

5. No fumar y realizar alguna actividad física.

6. Protegerse de los rayos ultravioleta.

7. Apostar por una dieta equilibrada, evitar las comidas picantes y no abusar de las bebidas alcohólicas.

8. Consumir alimentos ricos en betacarotenos (zanahorias, tomates, espinacas y albaricoques) y vitamina C (naranjas, kiwi, brócoli).

9. Evitar los alimentos procesados y consumir más productos de origen vegetal.

Leído en El periódico de la Farmácia

Artículo original en www.saludymedicina.org